Del DIARIO del P. Joaquín

en Mozambique

Del 1 al 19 de octubre de octubre he tenido ocasión de pasar unos días inolvidables con nuestros hermanos Juanma, Pedro y Bruno, en Beira-Mozambique. A la ida, hemos hecho el viaje juntos: Maite -una voluntaria de Aranjuez, que ha estado allí en su período de vacaciones-, Juanma, y yo. La alegre sorpresa al llegar a la casa de Beira fueron los niños: ya sabíamos de ellos; pero otra cosa es ver con qué alegría acogían al P. Juanma, que regresaba tras mes y medio en España; y con qué timidez y respeto nos daban la bienvenida a Maite y a mí.

La casa se presenta bien; tal vez un poco apretada para catorce niños: tiene un buen patio y algo de jardín.

Al día siguiente, vamos a Inhamizoa, a unos 10 km. de Beira, para visitar las obras de la nueva Lar São Jerônimo que está surgiendo. Hay ya dos casas en construcción, que podrían estar acabadas para enero próximo. Es curioso: se ve a mucha gente trabajando, y a otros muchos más pidiendo trabajo; pero el cemento escasea, y no se puede contratar a más gente. Una enorme máquina excavadora (de los chinos) realiza el movimiento de tierras para subir el nivel de un suelo en- charcado y fangoso; es un trabajo ímprobo, pues primero retiran el manto de tierra buena superficial; después, rellenan con arena; y, por fin, vuelven a colocar la tierra buena por encima, donde surgirá la huerta y la escuela agrícola. El arquitecto italiano autor del proyecto, afincado en Mozambique desde hace años, me enseña los planos: cuatro casas con sus respectivos aljibes para el agua de lluvia (estas casas podrán acoger a más de 60 niños y niñas); un centro de día, con comedor y las aulas de talleres profesionales; una piscifactoría y una extensión de terreno para la escuela agraria, donde se enseñará a cultivar hortalizas y a cuidar el ganado, que permitirá, al mismo tiempo, la manutención del Centro.

En los alrededores, innumerables grupos de niños observan con mirada indagadora y nos saludan, curiosos, con su característico: «Tatá, tatá…».

A los dos días, la confianza de los niños de casa es total. Maite los ha conquistado con su simpatía y con sus dotes "dormidas" de maestra: se pegan por hacer los dibujos que les propone y bromean repitiendo su refrán al entregar el folio: "Por favor: nombre y data"; además hace unos "bolos" deliciosos, y el cocinero Paulino y la "titía" [= niñera], Teresa, la educadora, siguen atentos sus instrucciones… ¡Todos quieren aprender! Y hasta los niños cogen aguja e hilo para imitarla.

Yo aprovecho para hacer con ellos algún juego o para llevarlos a la playa (está sólo a 50 m. de la casa). Disfrutan de lo lindo: coger chirlas, hacer cabriolas con las olas, lavarse los dientes con la arena... y los chiquitines, aprendiendo a nadar; el agua salada sirve para desinfectar las heridas de los pies, cosa que en esta época es muy necesaria, pues hay una plaga de "mataquenha", un gusanito que se introduce entre los dedos de los pies y produce unas heriditas muy molestas.

El domingo celebramos la misa en el rincón de la casa dedicado a capilla; ellos participan con devoción: hoy se lee el evangelio del leproso curado que regresa para dar las gracias... ¡y ellos también quieren darlas!: por tener un hogar, una escuela, salud, comida... todos dones a los que aún no se han acostumbrado.

Me llama poderosamente la atención que, a la puerta de casa, siempre hay alguien esperando: niños; algunos son vecinos que comparten juegos con los de casa; otros miran con envidia, porque también son niños de la calle y querrían estar allí (son miles -y no es un recurso estilístico- los que padecen situación de abandono a consecuencia del SIDA). Los hay que estremecen el corazón, como el que perdió una pierna por la mordedura de una cobra; o el pequeño que está a tratamiento de tuberculosis. También hay pobres, con alguna "preocupação" que contar. La pobreza es tanta que los Padres no dejan que nadie se vaya con las manos vacías.

De cuando en cuando, aparece algún joven -chicos, generalmente- que viene a exponer su problema: no encuentra trabajo (la ciudad, repleta de juventud, no ofrece posibilidades, y así, la preparación en las escuelas es sólo teórica, lo que les impide crear su propio empleo). Para que no se enganchen en la imparable rueda de los que piden limosna por las calles (san Jerónimo Emiliani solía decir que "mendigar no es de cristianos... y cada uno ha de aprender a vivir del trabajo de sus manos"), se les ofrecen los medios para que puedan asistir a cursos de capacitación profesional o para montar una "banca" (se trata de un tenderete en la calle, para vender ropa, calzado, fruta…) con lo que pueden ir sobreviviendo. Uno de estos muchachos, Lázaro, me invita a visitar su casa; vamos en bicicleta, y atravesamos el triste barrio de "à Munhava": muchísima gente que camina a pie, al borde del camino; e infinidad de niños que juegan despreocupados de lo que hay a su alrededor. Al llegar me muestra su casa: de barro, con dos habitaciones que él mismo está rehabilitando; me presenta a sus familiares y vecinos y, a la vuelta, pasamos por la escuela donde está haciendo el curso de reparador de motores de arranque. Antes de despedirnos, me entrega una

   

lista con las herramientas que necesita para poder trabajar de reparador de motores de arranque...

Cuando se acerca el día del regreso, me parece oportuno intercambiar ideas sobre las formas de apoyar desde España esta labor. En una breve reunión, comentamos que los niños empiezan las vacaciones y que sería bueno contratar a un maestro que les ayude a suplir las lagunas y carencias escolares. Hay que pensar, también, en amueblar las nuevas casas; y sobre todo, hay que buscar y preparar educadores y profesores que compartan nuestro estilo educativo y nuestra labor aquí, para que trabajen codo con codo con nosotros. La nueva Fundación Somasca Emiliani podrá ser un apoyo eficaz.Y como todo se acaba, toca regresar. Cuando las maletas aparecen en el pasillo, los niños muestran su tristeza; queremos aliviarlos con la promesa de un próximo y pronto regreso, y con alguna que otra caricia, que más bien rehúyen, pues están un poco enfadados porque no les dejan acompañarnos al aeropuerto.

Un caluroso abrazo sirve de broche a esta visita de veinte días. Una pequeña avioneta nos llevará hasta Johannesburgo, y desde allí a Madrid.

En el vuelo de regreso, agradecemos a San Jerónimo estos días plagados de sencillez y espontaneidad, y le pedimos que siga animando y bendiciendo a los niños, a los Padres y a los colaboradores. Mientras nos alejamos, a lo mejor por aquello de estar en las nubes, en mis oídos resuenan las palabras de Jesús: "Quien acoge a uno de estos niños, me acoge a Mí... Lo que hagáis a uno de éstos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hacéis".

(c/c. BBVA 0182 0954 61 020 1596607; o enviando un cheque nominal a Fundación Somasca Emiliani; o mediante giro postal a FSE c/Islas Aleutianas, 26 - 28035 - Madrid.

Desde ahora, y en su nombre, ¡GRACIAS!

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