Todos estamos enterados. Los medios de comunicación nos lo recuerdan a todas horas de mejor o peor manera (no todo es publicable: ciertas imágenes corresponden a la privacidad de un pueblo que sufre y no deben servir de espectáculo para nadie... ni siquiera para estimular la solidaridad; a menudo olvidamos lo que es el respeto por el dolor ajeno).
Y la información nos rompe por dentro y nos descoloca. Señor, ¿dónde estabas estos días?
Un terremoto devastador ha triturado la ciudad de Port-au-Prince, la capital de Haití, con una onda expansiva en un radio de 100 kms., provocando millares de víctimas -muertos unos, vivos otros: pero todos víctimas- y unos daños enormes e irreparables. Haití es el país más pobre de toda América Latina; y ésta de estos días es la peor catástrofe de los últimos años (hay que remontarse a 240 años atrás para encontrar otra sacudida de esta magnitud), pero no la única: continuamente se ve probado por calamidades naturales y crisis sociales que no le dejan levantar cabeza.
La mayoría -¡que se dice pronto!- de las casas particulares y muchos edificios públicos, incluidas las iglesias, han resultado dañadas, algunas irremediablemente. Esta vez no se ha salvado ni el palacio presidencial ni la catedral... Como muy bien advertía ya el poeta allá por la Edad Media:
«Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar, / que es el morir...
allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / y más chicos,
que, allegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos.»
Ante un hecho de este calibre, todas las instituciones públicas y privadas se han volcado en una prueba de solidaridad; y con ellas, la Iglesia española, claro, especialmente a través de sus órganos oficiales de caridad, Cáritas y Manos Unidas, y de otras entidades menores, como diócesis, parroquias, congregaciones religiosas, centros escolares, asociaciones y ONGs vinculadas a la Vida Religiosa..., que no sólo se limitan a recoger fondos y material necesario para acudir al plan de emergencia que allí se desenvuelve, sino que expresan su cercanía con el dolor del pueblo haitiano a través de la oración.
También Benedicto XVI ha realizado una llamada a todos a la generosidad en favor de una solidaridad concreta y comprometida, y a que se rece por las numerosas víctimas y por todas las familias perjudicadas por este desastre natural.
Hay aún, a pesar de los métodos resolutivos -necesidad obliga- que en estos últimos días se están empleando para recogerlos, demasiados cadáveres por las calles, con el consecuente riesgo de epidemia. Y en medio de tanta mala noticia, de vez en cuando aparecen pequeños rayos de esperanza: después de siete largos y penosos días del desastre, las unidades de rescate con sus perros adiestrados siguen liberando de entre los escombros a personas con vida; y ahora le ha tocado el turno a dos niñas pequeñas y a una joven de 26 años.
Agua, tiendas de campaña, kits de higiene y bolsas con alimentos; hornillos de campaña y desinfectantes; colchones y agua potable han sido ya distribuidos y se están distribuyendo a pesar de las dificultades existentes y comprensibles, y suponen, con todo, la necesidad más apremiante.
Desde y a través de Santo Domingo -es el país vecino- se les puede atender de manera inmediata, aunque éste corre el riesgo del colapso por la gente que escapa a la tragedia o invade sus hospitales; por allí están entrando muchas ayudas, como generadores de corriente y aparatos que permitan la comunicación con el exterior; y gasolina. Desde Santo Domingo y desde todas las partes del mundo, porque el corazón humano es grande, porque está hecho a imagen y semejanza de Dios.
Pero, al margen de la ayuda inmediata y generosa ante una catástrofe de tanta magnitud -lo mismo pasó con el tsunami de 2004-, hemos de mentalizarnos que el apoyo no puede durar un mes o mes y medio: nuestro compromiso solidario ha de ser continuado, ha de seguir cuando las cámaras de la televisión, los fotógrafos y la prensa se retiren, porque Haití ya no es noticia...
Y eso sólo puede ser fruto de una toma de conciencia clara y arraigada de nuestra fraternidad universal, porque todos somos hijos de un mismo Padre: el Padre nuestro que está en el cielo, que quiere que, entre todos, construyamos, aquí en la tierra, ese cielo donde él habitará con todos nosotros por la eternidad.
