Desde 1968, impulsada por la Iglesia católica, se celebra en todo el mundo -por lo menos en el mundo cristiano- la Jornada mundial de la Paz.
El día 8 de diciembre de 1967, el entonces papa Pablo VI redactó el primer Mensaje para esa primera Jornada que él proponía, y que, desde entonces, la Iglesia celebra de manera ininterrumpida: “Nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad para exhortarlos a celebrar «El Día de la Paz» en todo el mundo, el día 1 de enero de 1968. Sería nuestro deseo que después, cada año, esta celebración se repitiese el primer día de cada año civil..." La Paz, escribió Pablo VI en ese primer Mensaje, “se funda subjetivamente sobre un nuevo espíritu que debe animar la convivencia de los Pueblos, sobre una nueva mentalidad acerca de la persona, de sus deberes y sus destinos”. |  |
45 años después, Benedicto XVI ha vuelto a insistir, para esta pasada Jornada, sobre el tema de la paz [hay que decir que hablamos de Jornada; pero el tema es para ir meditándolo y trabajándolo durante todo el año, de ahí su 'actualidad']: Educar a los jóvenes en la justicia y en la paz, ese es el lema. La misión, pues, sigue siendo la misma: dar testimonio de un modo nuevo de mirar, para empezar este nuevo año que acaba de empezar.
En este mes en que también celebraremos el Día Escolar de la No Violencia y la Paz DENIP [concretamente, el día 30: cf. http://www.fundacionemiliani.org/denip.html], el Mensaje del papa parece un instrumento idóneo para la reflexión para cuantos, de una manera u otra, nos movemos en el ámbito de la educación. Con frecuencia nos perdemos en hacer cosas, y se nos olvida la reflexión previa que cada uno de nosotros debe hacer sobre lo que hace.
Educar a los jóvenes para la justicia y la paz pone el dedo en la llaga de una cuestión urgente en el mundo de hoy: escuchar y valorar a las nuevas generaciones en la realización del bien común y en la consolidación de un orden social justo y pacífico, donde se puedan expresar y desarrollar los derechos y las libertades fundamentales de la persona.
Es deber de la generación actual sentar las condiciones que en un futuro permitan expresar de forma libre y responsable la necesidad de un "mundo nuevo". La Iglesia acoge a los jóvenes con sus inquietudes, como signo de una prometiente y perenne primavera, y les señala a Jesús como el modelo de amor que "hace nuevas todas las cosas".
Los responsables de lo público, por su parte, están llamados a trabajar para que instituciones, leyes y ámbitos donde se desenvuelve la vida estén impregnados de ese humanismo transcendente que pueda ofrecer a las nuevas generaciones plenas oportunidades de realización y trabajo, para construir la civilización del amor fraterno, en coherencia con las aspiraciones más íntimas de verdad, amor, libertad y justicia de toda persona.
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En su mensaje, Benedicto XVI renuncia a insistir en la tónica general de resignación y desesperanza que parece dominar nuestra sociedad, para subrayar los motivos de esperanza que la Navidad despierta, y proponer una serie de elementos esenciales para la construcción de esa esperanza:
1.- En primer lugar, los propios jóvenes, motivo y agentes de esperanza para el mundo de hoy y del mañana: por su entusiasmo y discurso ideal, no resignados ante la fatalidad. Con todo, llama la atención el Papa sobre la necesidad de trabajar con ellos en su formación integral, para que ese entusiasmo no se quede en planteamientos utópicos, sin realismo o concreción, sino que aterricen en hechos y actitudes de compromiso concreto.
2.- Otro elemento son los agentes sociales: porque la solidaridad y fraternidad humana requieren un proceso previo de formación desde la familia (hay que apoyarla con menos discursos sociopolíticos y más estructuras que faciliten su desarrollo, para que pueda responder a su papel educativo y formativo con sus hijos), el ámbito escolar (en coordinación y complementariedad con las familias, apoyando juntos un mismo proceso educativo), las instituciones sociopolíticas (dando muestras de coherencia, actuando con honestidad y administrando los bienes de manera justa y adecuada a las necesidades, apoyando a la familia, a las instituciones educativas y a las empresas generadoras de empleo, promoviendo la reunificación familiar por el bien de los hijos), los medios de comunicación
(que tienen una responsabilidad ineludible en la educación de la sociedad), las instituciones culturales... Les une un común objetivo: ilusionar a las nuevas generaciones en la rehabilitación de nuestro mundo.
3.- Un tercer elemento señalado por el papa es un nuevo humanismo: la palabra clave es responsabilidad. Que la libertad, la justicia y la paz sean los valores que configuren nuestra actitud y mentalidad en el mundo y modelen nuestros criterios de juicio. La libertad no es libre albedrío, pues nos impediría conocer la verdad sobre nosotros mismos y sobre el bien y el mal; la justicia ha de ir más allá de lógica mercantilista o contractual, para reconocer que algo le es debido al hombre por el mero hecho de serlo; y la paz que no es la mera “ausencia de guerra o equilibrio de fuerzas adversas”, sino una obra que hay que construir.
Ahora que parece que la crisis es un estado de ánimo y desfallece la confianza en el futuro, aumentan los sentimientos de frustración y la tentación de esperar que sean las utopías las que salven este mundo decrépito.
Benedicto XVI concluye su mensaje recordando que los testigos auténticos -no los dispensadores de reglas o informaciones-, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplio: "El testigo es el primero en vivir el camino que propone”.
¡Menudo reto! |
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