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Semana Santa en Beira

           Mi primera Semana Santa en el Lar são Jerônimo de Beira - Mozambique

 

Acabamos de terminar la Semana Santa.
¿Qué decir? Que ha sido una experiencia muy hermosa.

Comenzábamos, como todo el orbe católico (al menos los de rito latino), con la procesión del Domingo de Ramos, cada uno con sus ramos verdes de palmera -pues aquí no hay olivos-, algunos de los cuales estaban trabajados por los mismos que los portaban, mientras otros estaban según se había recogido. Recordamos la entrada de Jesús en Jerusalén; nosotros también hicimos nuestra entrada en el recinto de nuestro Lar São Jerônimo con cantos y ramos; se volvieron a oír los “batukes” (tambores), que ese día animaban la fiesta, y que habían estado callados desde el inicio de la Cuaresma como signo de austeridad. La lectura de la Pasión era el centro de la celebración, y al ser proclamada por múltiples lectores tomaba el rango de verdadera representación. Algunos caramelos para los pequeños que asistieron a misa, que no fueron pocos, premiaron su “resistencia”. Esa misma tarde, los jóvenes tuvieron también su celebración especial con el Sr. Arzobispo, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, que este año tocaba en las propias diócesis.

El Martes Santo tuvieron la posibilidad de confesarse: fue un continuo ir y venir de fieles durante la hora y media que se había anunciado, pues no hicimos una celebración comunitaria.

El Miércoles Santo la diócesis lo dedicó especialmente a los sacerdotes, en recuerdo de la institución del sacramento del orden sacerdotal. Por la mañana participamos en un encuentro de hermandad, acompañados por el Sr. Obispo, en el que uno de los misioneros expuso su emocionante experiencia como presbítero y a continuación tuvimos un tiempo de intercambio de vivencias entre nosotros. Por la tarde-noche, en el patio de la escuela de la Catedral, se celebró la Misa Crismal, con una considerable representación del clero de la diócesis, buen número de fieles de las diferentes parroquias de la ciudad y un cuidado grupo de acólitos, “danzarinas”, músicos y coro, que dio un gran realce a la celebración.
Los días del Triduo Pascual comenzaban a las 7,30 h. de la mañana con el canto del Oficio de Lectura y Laudes en la Catedral, presidido por el Obispo y acompañado por el clero, revestidos con los paramentos propios de cada día litúrgico. Se había cursado una invitación especial a los consagrados y formandos, aunque estas celebraciones estaban abiertas a todo el Pueblo de Dios.
Los oficios de la tarde, en cambio, los celebramos en nuestro recién estrenado salón-capilla, prácticamente ya terminado.

La Misa de la Cena del Señor, propia del Jueves Santo, tuvo una buena asistencia de fieles, los cuales fueron más numerosos en los días sucesivos. Uno de los momentos de más, digamos, asombro de todas las celebraciones, fue el gesto del lavatorio de los pies, tal vez por lo que tiene de más llamativo; ¿no será que aquí se vive más intensamente aquel sentimiento de estupefacción y sorpresa de los apóstoles en la Última Cena, cuando Jesús se pone a lavarles los pies?; ¿cómo un “Padre”, un sacerdote, y más aún siendo “blanco”, nos va a lavar los pies a nosotros, unos pequeños y otros mayores? Aquí los pies se lavan de verdad, hay que quitarles el polvo del camino; no es sólo mojarlos y secarlos, como se suele hacer entre nosotros: aquí los caminos son de tierra y normalmente se va con chanclas. Prueba de esa admiración es la cantidad de personas que se acercaron a hacer fotos del gesto.
Terminamos la misa, como es de rigor, con el traslado solemne del Santísimo al monumento, donde quedó para la adoración de los fieles hasta los oficios del día siguiente. Varios fueron los niños de nuestro hogar que se acercaron espontáneamente a tener un momento de oración y recogimiento, después de cenar, con el Señor ante el monumento.

El Viernes Santo, al volver de la oración en la Catedral, realizamos el Via Crucis, como habíamos hecho durante las semanas de Cuaresma, en una mañana con un sol deslumbrante. Al realizarse en día y horario laboral, no tuvo un seguimiento excesivo, pero aún así nos juntamos un buen grupo acompañando a Jesús en ese camino a y de la cruz. Por la tarde, la austera celebración de la Pasión del Señor, con los ritos propios de este día: la lectura del Passio con la oración universal; la adoración de la Cruz: estrenábamos el crucifijo que desde entonces preside todas nuestras celebraciones en la “capilla grande”; el gran silencio... Muchos de los pequeños era la primera vez que asistían (hay que tener en cuenta que son pocos los bautizados al nacer y no es tan generalizada la Primera Comunión a los 8 años) y algunos no tenían muy claro cómo era eso de “adorar” la cruz, ni qué había que hacer al llegar junto a la imagen de Cristo crucificado.

La Vigilia Pascual, como no podía se de otra forma, fue la celebración más festiva, participada y vistosa. Empezamos con un poco de retraso, a la espera que viniese la luz, que se había ido unos minutos antes de las 8 de la noche; visto que se hacía de rogar y que, aunque era una noche despejada y estrellada, no había luna, tuvimos que servirnos de un móvil para poder leer las oraciones junto al fuego (una de tantas anécdotas). Después de la entrada solemne del Cirio Pascual, acompañado de las velas que representan la fe del Pueblo de Dios, el grupo de “danzarinas” bailó una danza especial con antorchas, en honor de Cristo Resucitado; gracias a la luz eléctrica, que llegó, poco antes de la entrada del Cirio, pudimos continuar sin mayores contratiempos nuestra celebración. Fue un momento muy emotivo para todos nosotros cuando, durante la liturgia bautismal, una docena de menores de nuestro “Lar” recibieron el bautismo y la primera comunión. No faltó ni la música, que vibró con fuerza especial en esta noche gracias al coro, ni el baile, especialmente después de la Eucaristía.
Para transmitir a los fieles un mayor sentido de esta fiesta, después de la celebración todos los asistentes fueron invitados a una pequeña cena en el patio del centro, amenizada con música “embotellada”. Alrededor de la una y pico de la noche terminábamos de recoger todo, con la ayuda de pequeños y mayores.

El Domingo de Resurrección, a pesar de la nutrida presencia la noche anterior, tuvimos también una eucaristía muy concurrida. Al terminar se repartieron -en esta ocasión sólo a los niños- unos dulces (galletas y caramelos); pues siempre se hace más festiva una celebración si va acompañada de algo que picar, y más aquí, donde el alimento no es demasiado abundante.

Que la alegría de la resurrección de Cristo ilumine nuestras vidas. Y ante el misterio del sepulcro vacío, y ante tantos misterios de la vida, podamos intuir que Dios está vivo y presente. Que sepamos enfrentarnos a la vida y a sus dificultades con la alegría y el valor de aquellas mujeres y aquellos discípulos que se dieron cuenta que Cristo había resucitado. Un abrazo,

P. Carlos P. MORATILLA, crs.

 


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